martes 3 de noviembre de 2009

Los Libros

Hace un tiempo que no escribía en el blog, bastante tiempo. He estado -si se quiere justificar- algo ocupado con la Universidad... leyendo muchas cosas muy inútiles y bueno, calibrando prolongadas siestas de media tarde.
Sucede que son las 00.18 am y me propuse no dar por terminada la noche sin antes actualizar, aunque sea precariamente, este espacio que si bien nadie lee, me permite mantener un diario (algo incompleto) de mis motivaciones creativas periódicas. Qué se yo.
Me he pasado estos últimos días clasificando y ordenando mis libros, y he descubierto en ellos una verdadera pasión. Dicen por ahí que los libros reflejan lo que uno es realmente y creo que los míos dan una imagen bastante acabada de mí. Entre los tomos que colman mis estantes tengo sin duda algunos especiales con los cuales soy bastante celoso en lo que se refiere al préstamo y a su cuidado, por ejemplo:

  1. "Margarita" de Rubén Darío en una primera edición de Pehuén de 1990. Fue el primer libro que tuve del que tengo memoria. Siempre me encantó, lo he leído infinitas veces, tanto así que me lo sé de memoria desde los 6 años. El libro en cuestión está algo destrozado, el empaste me grita que no resistirá mucho tiempo y algunos indecorosos scotchs sostienen este desastre con disimulo. Las páginas tienen algunas manchas medio amarillentas... esas clásicas que surgen cuando un libro es "de cabecera", puesto que durante un largo período de mi vida lo acarreé para todos lados. Lo leía en el living, en la cocina, en mi cama antes de dormir, en el baño, en todos lados. Siempre me ha gustado su primera página, en la que sale un gato (talvez de ahí mi gusto por ellos) sosteniendo un cartel en que se lee "Para todas las niñas y niños valientes que salen a realizar sus sueños". Un mensaje que, si bien es bastante mamón, lo he tenido grabado en mi memoria a fuego. Debe ser el más querido de mi colección, inició mi gusto por Darío y mi amor por la lectura. Hace algunas semanas, cuando coloqué un estante más en mi pieza estuve tentado a moverlo de lugar, sin embargo, decidí dejarlo donde estaba (justo arriba de mi escritorio), será que inconcientemente me gusta tenerlo a mano, aunque hace un tiempo que no lo he vuelto a leer. El número clasificador de este libro en mi colección es el 70.
  2. Otro libro al cual le guardo bastante aprecio es un libro de poesías seleccionadas que mi mamá me escribió cuando yo tenía 5 años. Algunas de las obras que se incluyen son de escritores bastante conocidos, otras son pequeñas canciones de cuna, y otras simplemente invenciones de mi madre que me dedicaba. En su primera página se lee "¡Te quiero mucho Damián! Mamá Mika, Navidad 1994", y en su última página está escrito de mi puño "Sabao kon mamá, bíernes kon mamá"... las faltas de ortografía son genuinas (todavía no entiendo cómo llegué siquiera a ponerle tilde a 'mamá' o de dónde salió el tilde de "bíernes"). Bueh. Este libro, si bien lo tengo timbrado con mi nombre, no lo enumeré puesto que no tiene editorial, ni año de publicación, ni autor definido, ni nada... preferí por ello apartarlo de mi clasificación algo academicista de los libros. El empaste es en tela y es bastante pequeño... casualmente está ubicado al lado de "Margarita". Aunque le sobran bastantes páginas en blanco, está escrito hasta como la mitad; el último poema que hay es uno de mi mamá y empieza así: "Mira mi niño / esto es para ti / escucha hijo mío / mi vida está en ti. / Necesito un amigo / te necesito a ti / me sueno a egoista / pero es así." (Mamá Mika, agosto 1995).
  3. Luego tengo "El Otoño del Patriarca" de García Márquez. A este libro le tengo mucho cariño porque fue el primero que me regaló mi papá, lo necesitaba para el colegio puesto que me dieron libre elección en el texto a leer para una prueba. Imprudentemente elegí este y -sobra decirlo- no entendí nada. Luego de algunos años lo volví a leer con más detención... es una hermosa obra, quizás una de las mejores del autor. La edición que conservo, comprada por mi padre en España, es de Plaza & Janés, 1978. El número clasificador de este libro en mi colección es el 394.
  4. Otro libro que me regalaron hace poco es "Ventura de Pedro de Valdivia" de Jaime Eyzaguirre. Me lo pasó mi tío-abuelo Guillermo Beuchat de su propia biblioteca. Sé que para él éste era un libro muy querido... Eyzaguirre fue su profesor cuando cursó Derecho en la Universidad de Chile durante los años '50, incluso está dedicado por el autor en la segunda página y firmado por mi tío en la hoja de respeto. Es una linda edición empastada en cuero de 1953 editada por el Ministerio de Educación Pública de la época. En su lomo -gastadísimo- se leen aún las iniciales de mi tío en dorado "G.B.M.". Cuando lo leí me sentí el ser más ignorante del planeta, la pluma del autor era increíble, al punto que cada párrafo me obligaba a leerlo de nuevo para poder entenderlo. Su prosa, complicada, era un desfile de docto español y preciso lenguaje... textos científicos, como ese, no he leído otros. El número clasificador de este libro en mi colección es el 155.
  5. "Deutsch für Ausländer" (Alemán para españoles) es un libro que quiero bastante. Era de mi abuela materna Alicia "Mima" Beuchat, quien falleció hace ya algunos años. Ella leía bastante y me he hecho con muchos de sus libros, todos ellos firmados, sin embargo, este en particular me gusta bastante porque aparte está glosado con los ejercicios idiomáticos que propone el texto para aprender germano. Quien piense que mi abuela logró aprender el idioma con este libro alemán de 1969, se equivoca: en la primera página la firma dice "Alicia B. de Koke, otra intentona. Junio, 1971". El número clasificador de este volumen es el 135.
  6. Por último, uno rarísimo de Luis Buñuel: "Mi último suspiro". Lo recibí como un regalo cualquiera por parte de mi tía Isabel hace años... había pertenecido a los libros del hermano de mi padre, Jaime, quien murió mucho tiempo atrás y es lo único que de él conservo. Como no conocía al autor del libro cuando me lo regalaron, mi interés por él fue nulo. Con el correr de los años me adentré muchísimo en el cine, sobre todo y particularmente en el de Buñuel, por lo que desempolvé el libro de mi estantería y lo leí con ganas. Lo he vuelto a releer una vez más, sencillamente genial. Me doy espacio para una anécdota: hace algunos meses pasé por la librería de Luis Rivano, al que le dicen "el usurero de San Diego". Bueno, la cosa es que estaba atendiendo su hija con quien entablé un interesante diálogo... le comenté que tenía este libro y se sorprendió bastante. Su padre, Rivano, también lo tenía (aunque no a la venta) en la colección particular que guardaba en su habitación. Lo había leído un millón de veces. Una segunda anécdota: un gran amigo, Nicolás Toro, también tiene la misma edición de 1983. También le encanta. El número de este volumen en mi colección es el 113.
Así con los libros... todos y cada uno tienen una doble cara. Por un lado relatan la historia que originariamente buscaban contar, lo que está escrito en sus páginas; pero también cuentan, sin quererlo, una historia secundaria, a veces incluso muchísimo más interesante que la principal... cuentan la historia de sus dueños pasados, de sus trajines, de sus percances, de sus fieles y sus enemigos. Un libro se vuelve particularísimo, único, irrepetible. Corre de dueño en dueño y con cada lectura las emociones que surgen son radicalmente distintas. Las anotaciones al borde de la página (amo escribir en los libros) se vuelven testigos eternos, por mucho que estén hechas a mina, uno sabe que jamás las borrará. Es la gracia de los libros... nunca pasarán de moda, son perfectos en todo orden de cosas. Ya pasan de las 1.00 am, y quiero aprovechar de leer algo de Enrique Lafourcade.

¿Tienes algún libro de aquellos irremplazables?

martes 2 de junio de 2009

Soundtrack

Me declaro un gran admirador de las películas de Wes Anderson. No sé porqué, talvez me impresiona esa capacidad de tomarse todo el tiempo del mundo para mostrar una escena, sin pudor alguno. Mostrar a los personajes que crea de manera incómoda, rara, particular, humana. El hecho que las imágenes se sucedan sin apuro, que los silencios se agradezcan no por su escasez, sino por su carácter. Amo las cámaras estáticas, amo a la vez el argumento de sus historias que a simple vista se ve linear, pero que sin duda es sólo un mantel que cubre las más profundas emociones.

De todas formas, y sin lugar a dudas, lo que más me gusta de toda película de Anderson, son sus soundtracks. Parecen canciones elegidas con pinzas, increíbles cada una de ellas. Normalmente después de cada película [precisamente lo que estoy haciendo ahora], procedo mecánicamente a bajarme la lista de canciones mientras que apuradamente busco a través del film aquella que más me gustó, para agarrar algún pedazo de la letra y googlearla. Bastará sólo un par de segundos para que la esté escuchando en YouTube, en espera de que el soundtrack completo se baje.

Puedo decir -no sin pudor- que escucho cada canción que me gusta una y otra, y otra, y otra vez. Las escucho como si el mundo se fuese a acabar mañana, como si las letras fueran a desaparecer. Me avergüenzo de mi propia persona, a ratos ella me grita que la cambie, que ya basta, que cómo es posible. En la intimidad de mi pieza, ya cuando la noche avanza, aprovecho de escucharlas otra vez, en esta ocasión con audífonos, sólo para mí. Le subo el volumen hasta que duela.

Le doy vuelta indefinidamente a unas cinco canciones del listado completo, como si por osmosis fuera a captar aquella misma sensación que Wes Anderson tuvo al momento de elegirlas para su película.

Antes de que logre darme cuenta, aquellas cinco canciones pasaron a ser parte del (qué cliché) soundtrack de mi vida. Aquellas mismas canciones que, años más tarde, pillaré en la radio y lograrán que me emocione, aunque seguramente sin recordar específicamente qué canción es, hasta que (luego de esa espera interminable entre el inicio de la canción y el inicio de las letras) logre saber de dónde la conocía. Claro, era Here comes my baby, de Cat Stevens... cómo no me acordaba.

Una nota de piano en medio de un silencio, un silencio cruzado por ese crujir clásico de una cinta ya gastada por el paso de los años, como un arrastrar constante de algo suave, por un piso suave, en un ambiente suave. Una voz comienza a cantar en francés. Una película de Anderson que termina.



Vi: Rushmore - Wes Anderson
Escucho: Ooh la la - The Faces.
Escucharé: Oh Yoko - Lennon.
3.20 am.

domingo 17 de mayo de 2009

La Facultad de Derecho de la Universidad de Chile no está en toma...

... porque desde el 29 de Abril que allí no se construye Universidad,
y porque desde el 29 de Abril que aquello dejó de ser una Facultad.


Lo que construyen no es más que una imagen borrosa de lo que quieren, y lo que tomaron no es más que un edificio público, de los que hay muchos.

Les deseo -y me perdonarán- la peor de las suertes.

lunes 27 de abril de 2009

Cinema Inferno.

Todo empezó -lo recuerdo bien- un viernes en la tarde. Tenía 14 o 15 años y pedí por internet la película Perros de la Calle. Era de Tarantino, mi padre me había hablado un poco de ella. Llegó una hora y media más tarde y me eché a verla en el piso de mi living, apoyando mi espalda contra el sillón (era invierno, y el piso estaba cubierto por una voluminosa alfombra de lana). Puse play y empecé a verla. No me detuve hasta que, por ahí por la mitad, me llamaron a comer. Volví a ver el final.
Desde ese momento un amor apasionado por el cine ha invadido mi vida en general.

¿Quién puede negar la existencia de alguna película especial que les haya cambiado la vida?

Recuerdo nítidamente mis clases de Taller de Cine en el colegio, que inicié aquel mismo año. Qué gran taller. No éramos más de 5 o 6 personas (contando al profesor, gran profesor) reunidas en una sala del último piso del edificio de al fondo del patio. Nos reuníamos bastante entrada la tarde, y terminábamos cuando ya en el colegio no quedaba nadie. Unas luces pálidas iluminaban los pasillos vacíos. Nadie pudo haber sabido jamás que, detrás de aquella puerta, ese día, se había visto alguna obra maestra de directores nacionales y extranjeros, a veces algo desconocidos.

Nos gustaba mantenernos así, medios en secreto, medios acuartelados. Comprábamos antes de que el kiosko cerrara un par de bolsitas de maní y unas Coca Colas y nos encerrábamos en esa sala oscura y fría. Aquella libertad, que sólo otorga la impunidad de la noche, nos permitía talvez dar algún desliz. Ver alguna película un poco cruda, un poco triste.

Supongo que en su momento, mucha gente llegó a saber que existíamos. Supongo que en su momento, mucha gente llegó a sentir las ganas de asistir. El público para cada película rotaba paulatinamente y, sumidos por el silencio, mirábamos en la pantalla de aquella tele pequeña una majestuosa escena de un ojo siendo cortado.

Gran parte de lo que hoy sé, se lo debo a aquel taller. Agradezco infinitamente las interpretaciones trasnochadas y los aventones a nuestras casa, que infaltablemente el profesor con gusto nos ofrecía. Si tuviese que recordar algo con gusto, serían de todas maneras aquellos miércoles en la tarde. Durante dos años de mi vida, pasé cada miércoles conociendo a Buñuel, conociendo a Kubrick o a Jodorowsky.

A veces las mejores cosas se dan así. En la oscuridad.
Sí, definitivamente las mejores cosas.

domingo 26 de abril de 2009

Largo día.

Sí, fue un largo día.
Por fin me toca dormir, hace mucho tiempo que no lo disfruto.
Talvez soñar alguna estupidez, sinestesias con un sabor algo amargo.
Talvez despertar y darme cuenta que yo no soy yo, que vivo hace mucho tiempo atrás. Que el tiempo pasó al revés.
Que de a poco las letras se filtran por las grietas de las páginas. Que mis libros chorrean. Que Buñuel no es Buñuel, y que me perdona por no haber leído jamás sus memorias, pues ellas tampoco existieron, y él tampoco me puede perdonar.
Y que en algún lugar lejano, alguien cierra la última página de una novela. Era algo cruda. El protagonista nunca llegó a entender su existencia. Las críticas literarias la demolieron.

Y así, sintiendo que el tiempo pasa irremediablemente, que las frutas se pudren, que las baterías se agotan, que las canciones se acaban. Así, me voy a dormir.

Tengo sueño, del que hace tiempo no tenía.
Supongo que de todas formas no dormiré bien. Mañana tengo una prueba y me irá pésimo. Lo peor de todo, es que si pudiera retroceder el tiempo, no cambiaría nada. O talvez cambiaría todo.

Sinatra me entiende.

Dijo Buñuel.

No soy un hombre de letras.

sábado 25 de abril de 2009

Y lo sueños...

Sueña el rey que es rey, y vive
con este engaño mandando,
disponiendo y gobernando;
y este aplauso, que recibe
prestado, en el viento escribe,
y en cenizas le convierte
la muerte, ¡desdicha fuerte!
¿Que hay quien intente reinar,
viendo que ha de despertar
en el sueño de la muerte?

Sueña el rico en su riqueza,
que más cuidados le ofrece;
sueña el pobre que padece
su miseria y su pobreza;
sueña el que a medrar empieza,
sueña el que afana y pretende,
sueña el que agravia y ofende,
y en el mundo, en conclusión,
todos sueñan lo que son,
aunque ninguno lo entiende.

Yo sueño que estoy aquí
destas prisiones cargado,
y soñé que en otro estado
más lisonjero me vi.
¿Qué es la vida? Un frenesí.
¿Qué es la vida? Una ilusión,
una sombra, una ficción,
y el mayor bien es pequeño:

que toda la vida es sueño,
y los sueños, sueños son.